(…) «Un canto coral y un grito desgarrado recorren, simultáneamente, la espina dorsal del bosque quiteño. Una mujer dando a luz, brama a boca partida, dentro de un chamizo hecho con cañas; su esfuerzo, intensísimo, cubre todo el espacio y las sombras. No es el alarido habitual y ella –que ayudó a otras mujeres- lo siente así; el parto se ha complicado. Alrededor, fuera del recinto, treinta o cuarenta personas, danzan y cantan, adorando al bienvenido, deseándole caricias y buenaventura en un rito ancentral. Son, por completo, desconocedores del drama de vida y muerte que se vive en el interior del cobertizo. Tres viejas, expertas en estas lides, junto a la mujer, pretenden ayudarla pero se encuentran perdidas; sin saber qué hacer. La rodean, jaleándola. En la entrada, otras dos rezan por el que llega; también por la que se va. Ruge, es indudable; su época se acaba. Las sonrisas cotidianas de este ritual, por la felicidad del recién llegado, dan paso con premura a una incertidumbre que rompe una anciana recorriendo el recinto saltando, aislándose de la algarabía producida junto a ella. Mueve un sahumerio con la mano derecha y fuma un puro con la izquierda, mezclando humo, tierra, emoción y aire. Finalmente queda petrificada, mirando al infinito azul.
Segundos después pasan las aves; ellas huyen primero. Lo presagian. Es el preludio del apagón breve.
No estará solo el pequeño Ali, el que se acomoda a las circunstancias, todos estarán a su lado, Aruma, mujer de la noche.» (…)
Andrés ha estado toda la mañana leyendo, aparentemente tranquilo, sentado en el amplio sillón de su estudio. Apenas durmió la noche anterior. La última llamada que le hizo Carlos, mientras cenaba, lo dejó descolocado. Así que se está mentalizando para el desenlace nefasto; para el adiós último. Por eso, aunque el monólogo interior esté martilleándole las emociones, decide acudir a una fuente fiable. Las novelas de Juan García siempre le hacen evadirse del ruido. Esta lo tiene absolutamente sumergido en su trama; la está gozando con ferocidad. Pudiera parecer una táctica infantil para despistarse; un modo de no afrontar los problemas. Pero necesita no pensar. Mitigar, durante un rato, -de este modo- el dolor.
(…) «Lo primero que surge, en estos casos, es una bandada de pájaros. Esto acontece minutos antes del paréntesis breve. Sin duda lo perciben antes que todos; para ellos estaba escrito: la interrupción del astro de la luz, el nacimiento y la muerte circundaban el aire.» (…)
Absorto con la lectura, de espaldas a la puerta del estudio, observa, por el gran ventanal un inmenso océano de pájaros silenciosos huyendo de su pueblo.
Relaciona (es imposible no hacerlo) ambos universos: el libro y la vida. A través del cristal divisa el embalse que recoge el agua del río Cañamares. Su casa, ubicada en lo alto de la colina posee una inmensa vista del espacio: en sus proximidades se encuentran la sierra de Mesa, el monte de los Carrascales y el cerro de Torrenegro. Hasta el viento, que ha golpeado con fuerza este invierno, se desenvuelve ahora con otra cadencia, mucho más sutil. Cree estar alucinando. Paulatinamente se ha ido poniendo en pie y queriendo gritar, comienza a llorar: ¡Mamá! ¡Mamaíta! Apoyado en la mesa que tiene justo delante, mentalmente, va repasando los pasajes de la novela; el primer estallido de la memoria lo lleva indefectiblemente a uno: ¡La muerte!
(…) «El nacimiento de Ali y la muerte de Aruma representan un instante hermosamente telúrico. Ella vuelve a la tierra, de donde vino, él quedará. Su esencia regresa al punto de partida, volviendo a ser nutriente de la tierra que su hijo pisará algún día, aire que insufle su ser, o el de sus nietos; agua corrompiendo el espacio y las fronteras.
Aruma fallece poco después del vuelo disparado de los pájaros. Y lo hace justo el día especial, el diferente a todos, cuando el sol pone un asterisco en su andadura y se disuelve durante unos minutos.
El sol comienza a aparecer nuevamente, tras el susto parcial. La anciana cae al suelo; su carcajada voraz parece quebrar el subsuelo del mundo» (…)
Llaman por teléfono. Andrés vuelve a sentarse e intuitivamente, intenta recomponerse, como convenciéndose a sí mismo de lo absurdo de la situación: saliendo del universo paralelo de la novela que está recreando. Utiliza la manga derecha del abrigo que ha tenido toda la mañana puesto para secarse algunas lágrimas. No lo va a coger, es su padre; tiene miedo. Mientras, observa varios vecinos corriendo por las calles empedradas del pueblo. Parecen temerosos. Van hacia sus casas con premura. El revuelo está siendo considerable. Todos lo han visto y lo saben: en Quilóstrata una silenciosa bandada de pájaros está huyendo. Nadie logra comprender lo que sucede.
Vuelve a sonar el teléfono.
- Andrés, ¿estás sentado? Tengo que darte malas noticias…
- ¿Qué pasa?
- Ha muerto Brisa…
- Si…
- ¿Lo sabías?
- Si.
- ¿Ya te llamó papá?
- No
- ¿Y quién te lo dijo?
- Nadie, lo supe al ver la desbandada de pájaros.
- ¿Qué dices? ¿De qué me hablas?
- ¿No has visto los pájaros que huían?
- No.
- Ah, pues nada. Perdona…
- Te estoy diciendo que mamá ha muerto ¿qué dices de no sé qué de unos pájaros?
- Nada, nada…
- Joder, no te entiendo, tío. Anoche te lo advertí, que podía pasar…que era lo más probable…estoy hundido, Andrés, hundido. No sé qué hacer… Cómo hacerlo. ¿Qué se hace en estos casos, eh?… Sé que es muy prematuro… nunca nos hemos visto en una así… pero vete pensando donde te gustaría que fuera el entierro. ¿Vale?
- Vale, vale. Pero, primero vendrá el eclipse.
- Andrés, ¿qué dices? Vete a la mierda, ¿me entiendes? Estoy muy nervioso, muy jodido. Estoy tratando de ayudarte a encajarlo. Así que deja de decir gilipolleces… ¿De qué coño hablas?
- Nada…
Andrés, parsimonioso, se ha levantado y ha vuelto a apoyarse en el ventanal mientras hablaba por teléfono. Está aturdido, la noticia por esperada, no deja de ser una violento golpe en el mentón. Se siente infinitamente perdido y desolado. Ha sido un día oscuro, con nubes angustiadas que se aglutinan las unas sobre las otras. El roble del jardín ha soportado estoico, inquebrantable al viento. Es un día hermoso para morirse, piensa. Llama.
- Carlos, dile a papá que el entierro será en casa.
- ¿Qué?
- Si, en mi casa, debajo del roble de abuelo. Hoy es un día hermoso para morirse; a mamá siempre le gustó y siempre disfrutó de días así. ¿Te acuerdas?
- Joder, Andrés, ¿otra de tus paridas? Que no estoy para gilipolleces… ¿estás loco o qué? ¿Has estado bebiendo?
- Escúchame. Hazme caso, será aquí…será aire, será tierra, será agua y sol. Mamá será feliz aquí…a papá seguro que le encanta la idea.
Andrés, seguro de su decisión, tras colgar el teléfono sigue leyendo embebido la obra de Juan García y -sin ser consciente-, comienza a traspasar el tiempo real del tiempo que lee. Está desconcertado, – la conversación da cuenta de ello- posiblemente a causa de la presión contenida de las últimas horas en las que apenas descansó. Puede que en esta situación influyera la soledad con que recibió la amarga noticia y fruto de tantas casualidades vitales-literarias, ha decidido – en su lógica ilógica- dejarse llevar. Así que sigue; y lo llamativo de la novela acontece en la juventud de Ali, veinte años después del eventual apagón solar. La lectura de estos capítulos le está resultando la parte más interesante. Se ve dibujado en lo que lee; Andrés podría ser él. Así que se arrastra sin dudar por entre las páginas…
(…) « Warakusi, la que provoca admiración, conoce a Ali y automáticamente se hacen pareja. Ella queda embarazada.» (…) La situación que se plantea es la siguiente: (…) « Ella, tumbada en mitad del bosque va a dar a luz. Él, azorado por el tiempo, improvisa un pequeño cobertizo para que ella esté más segura en lo que va a buscar ayuda. Alguien debe hacerlo porque el miedo y la inexperiencia los atenazan.
Por el camino, en medio del bosque, ve una casa. Va a pedir ayuda. Está realmente angustiado. Al llegar a la puerta, en el buzón, lee que vive un médico. En su mente, solo un deseo: salvarla a toda costa. La cábala funesta, el círculo terrorífico va camino de repetirse; ya no queda mucho tiempo. » (…)
Y Andrés se apropia de ese temor, de esa pasión súbita.
(…) «Toca el timbre, avisando, y entra, sin temor, sin pensar en las consecuencias.» (…)
Andrés completamente ya fuera de sí, absorto e inmiscuido en la historia, cree oír el timbre de su casa y siente esos pasos subiendo sus escaleras, interpretando, sin dudar, que se trata de Ali, que viene a pedirle ayuda. Está seguro. Él es el médico que tratará a Warakusi. Oye cada vez más cerca su respiración constante y agitada, ascendiendo por la escalera de caracol que lo conducen hasta él.
Sus ojos no contemplan otro escenario, sin embargo, -y es normal- siente miedo del encuentro. Cuando se dispone a coger su material (la maleta con sus útiles médicos) ve su figura ridícula reflejada en un espejo que ha sido fiel observador de toda la trágica escena. Tiene la cara muy blanca, lánguida, con unas ojeras monstruosas. Se mira con detenimiento y comienza a reírse de sí mismo; la cara desencajada da paso a un grito atroz. Está desesperado. Roto. Lleva muchas horas con una máscara puesta; una máscara que ya quema demasiado en su rostro. No puede seguir fingiendo y estalla. Sus ojos son volcanes expulsando lágrimas infinitas. Tendrá que empezar a vivir; deberá volver a nacer sin su madre. Acostumbrarse a no tenerla o a vivirla de otro modo. Ser consciente de lo que fueron juntos para avanzar.
Carlos entra en la habitación corriendo tras oír el grito. Viene a acompañarlo, quizás a discutir el lugar del entierro o asustado por la conversación telefónica, pero eso ahora es secundario. Lo ve tirado en el suelo, completamente loco. Se arrodilla, besándolo. Ambos se abrazan con fuerza y lloran.
Al fondo, paulatinamente, observan como un eclipse solar comienza a cernirse sobre sus espaldas. Algún día, Andrés, – si reúne las fuerzas necesarias- terminará de leer la novela que se parecía demasiado a su vida.