Posteado por: Román Pérez González | noviembre 21, 2011

Piezas

Ser un niño.

No perder esa mirada dulce que elucubra ideas geniales; que sueña con utopías fantásticas que hacen que todo lo que nos rodea sea algo más bonito.

Ese camelo, ese susurro a la vida, es lo que a mí me hace feliz. Hacerle cosquillas al viento, despeinarme y que los ojos lloren al contacto con la sal. Soñar un futuro contigo, soñar con despertarme a tu lado haciéndote mía, siendo tuyo. Aspirar a ser el capitán del barco con el que navegas cada noche. Que me mires con ojos de pasión, mientras no sé, termino de leer Rayuela y te imagino como la Maga: desquiciada, genial, aturdida, viva, hiriente, sincera, sentimental.
Fumar juntos, hacerte el desayuno. Buscar una cálida sonrisa, como un hilo de luz, como el faro que guía a los hombres del mar. Quiero un destino contigo.

 

________

 

Una vez me contaron que el destino no se mide por las veces que te encuentras a una persona por la calle, por las casualidades que sorprenden al más serio. Se mide por los momentos en los que la Luna te sonríe y la magia, y toda su atracción metafísica inunda esta habitación vacía de amores.

Una vez me dijeron que la distancia entre tu boca y mi piel no se debe medir como algo más; hay que dejar el metro, la escuadra y el cartabón, para otro día, hay que soñar que los kilómetros son ordenanzas de la Luna, que no del destino, que algo nos estará guardando a la vuelta de la esquina.

Me dijiste que las nubes juegan con los ojos del sol y te creí, y soñé con ello. Y así nació este abrazo sin lágrimas, pero bañado en tu mar. En tu fugacidad. Culminación de un viaje astral.

________

 

Al rato me bajo del coche, junto a un parque. Empiezo a caminar y en unos minutos me encuentro en un camino con frondosos e inmensos árboles. El camino es de tierra y estoy solo. El espacio es tan tupido que no se ve por los laterales, sólo al fondo, la luz del día relampagueante.

Me siento en un banco de madera, junto al camino. La tierra huele a pisadas de millones de sueños disecados. A desbandada de ruidos y de sol. Los árboles tienen como veinte metros. Su tronco abarca el diámetro de un océano ilimitado. Hay algunos que tienen enredaderas trepándoles por las piernas. Otros están rodeados de piedras mohosas, como conservadas para una exposición. El sueño de Charles Darwin. No hay nadie a mí alrededor. Ni un grito, sólo el melodioso piar de los pájaros. Es curioso, el cabreo de antes ha dado pie a que ahora me encuentre aquí. Relajado, pensando en estas cosas. Descubriendo este espacio. Vuelvo a caminar. Veo en el suelo pisadas. Pies monstruosos que dejaron su impronta. Las sigo. Levanto la cabeza y ya casi estoy al final del viaje, del camino. En un claro del bosque, en la entrada del parque hay un bar.

Hoy el día está nublado. Amenaza de lluvia, pero, por ahora, resulta agradable sentarse en una plaza en algún punto de este parque. Una coca-cola, por favor. ¿Y me podría dejar un bolígrafo?

Posteado por: Román Pérez González | octubre 31, 2011

Marta

Marta, cuando veía llegar las nubes bajas, solía subir las escalerillas con prisa. Le encantaba estar pendiente de esos momentos, los días de relente, y sentarse a comer nubes de verdad. Le fascinaba dejar que estas le cubrieran todo el cuerpo y tranquilamente extendía los brazos empapándose de sal y sed. Era feliz al sentirse acariciada por ellas mientras respiraba muy fuerte, hasta casi llegar a sentirlas dentro de sí. Solía esperar, si el cielo no estaba del todo encapotado, a que se fueran de sus ojos y observar cómo detrás de la gris cortina de agua gaseosa esperaba un sol radiante. Sentadita ahí, sin prisa, Marta esperaba que el sol calentara su estómago saciado el tiempo que hiciera falta.

Era una delicia observarla a cierta distancia. Siendo espectador de su aprendizaje de vida. Descubriendo el mundo y descubriéndose ella.

En su mundo inocente pensaba que yo había compuesto las cuatro estaciones de Vivaldi y cada noche le preguntaba qué estación debía sonar. Y fue muy divertido, mientras pude disimularlo, tocar en el piano apagado y poner el radiocasete sin levantar sospechas de sus ojitos marrones.

Era feliz, en la ducha con agua calentita, jugando, tratando de taparle la boca al pez de mentira que expulsaba agua incesantemente. O cuando hablaba con El Gran Capitán, que se acercaba a ella a lamerle la sal de los dedos y a ladrarle los susurros a las pardelas que van rumbo a Argentina, siguiendo la senda del alisio.

Le encantaba empaparse de protector solar y hacerse dibujitos en la piel: un sol. Un niño. Un árbol. Una casa…

Tenía manías de niña salvaje que me encantaban, he de reconocerlo. Y no está bien, era una niña formándose y yo su modelo pero cuando la veía mordiendo las manzanas por el rabito y le oía disfrutando, manchándose la cara de pulpa de fruta, no podía evitar reír a carcajadas.

Yo la enseñé a leer y la inicié como a mí me iniciaron: los libros de TEO, la /m/ con la /a/, Los barcos de vapor, El principito, Julio Verne… un día probé a leerle “historia de cronopios y de famas” de Julio Cortázar, y se reía de la mímica con la que venían acompañados los cuentos.

No es una cavernícola, quiero que quede bien claro. Es alguien muy imprevisible; que ha crecido de un modo distinto, es capaz de decirme: “papá, mañana va a llover porque hoy el mar está demasiado picado, fíjate en la onda de las olas”.

Si su grado de imprevisibilidad es tan alto, si su desarrollo ha sido tan diferente es porque Marta y yo vivimos en un velero. Y he conseguido hacerla feliz en este continente de madera y hierros compactos. Se ha convertido en mi grumete preferida, siempre lo será, pero ha llegado el momento de que tenga contacto con más gente. Por razones que no vienen al caso Marta sólo conoce este mundo de agua por todas partes. Y quiero que pueda correr hasta que sus piernas no le permitan seguir. Quiero que coja un coche, que coja un tren, que pise un Mc Donalds, que se enamore y que se sufra, que ría, que llore, que grite, en definitiva que crezca fuera del agua y si quiere, algún día, vuelva a vivir esta aventura con su padre.

Fue apasionante, de verdad. Y ahora, con su madre, tiene la posibilidad de seguir convirtiéndose en la mujercita que ya empezaba a atisbarse en el mar.

Mucha suerte, mi amor.

Posteado por: Román Pérez González | octubre 27, 2011

Huecos

Andaba saboreándote. Notando como tu vida iba entrando en mi ser, en esa esquina del destino, ese absurdo juego de baldosas carcomidas por el deseo, buscaba que este aire en que no estás, fuera llenado de ti. Así siento tu esencia fugaz. Sabiéndote mía. Hurgando en tus rincones. Buceando por los recovecos de tus calles, por tus recuerdos más profundos en forma de casas vetustas, que mi madre vio cuando tuvo mi edad y pisando las piedras de este suelo, que también ella vio y que ahora se adhiere a mi cuerpo, siendo parte de mí.
Aquí soy. Aquí amo. Aquí muero en cada grito de las gaviotas que danzan rumbo al cercano mar. Aquí huele a sal. Siento la sal tanto que diría al probarlo que este suelo, vejado por los años, sabe a sal. Los labios y mi lengua al tacto salado se resentirían y necesitaría agua. Eso se soluciona bebiendo de la fuente, buscando en ese acto, unos milímetros de fragilidad similar a la línea que separa las naciones. Y lo consigo, soy transparente durante unos segundos y salto y canto detrás de la Catedral en un concierto cualquiera, en una tarde-noche cualquiera en que doy un paseo por el ombligo de Vegueta.
La calle que vivo se me presenta como las nubes de colores que una vez soñé, las casas tienen ventanas en forma de risas, y el verde césped y el azul marino, que no veo pero que siento, me reciben tratando de explicarme que sabor tiene la vida en mi ciudad.
¿A qué esperan los sueños para salir volando de cada casa y dejarse fotografiar?

Posteado por: Román Pérez González | octubre 18, 2011

Fusión

(…) «Un canto coral y un grito desgarrado recorren, simultáneamente, la espina dorsal del bosque quiteño. Una mujer dando a luz, brama a boca partida, dentro de un chamizo hecho con cañas; su esfuerzo, intensísimo, cubre todo el espacio y las sombras. No es el alarido habitual y ella –que ayudó a otras mujeres- lo siente así; el parto se ha complicado. Alrededor, fuera del recinto, treinta o cuarenta personas, danzan y cantan, adorando al bienvenido, deseándole caricias y buenaventura en un rito ancentral. Son, por completo, desconocedores del drama de vida y muerte que se vive en el interior del cobertizo. Tres viejas, expertas en estas lides, junto a la mujer, pretenden ayudarla pero se encuentran perdidas; sin saber qué hacer. La rodean, jaleándola. En la entrada, otras dos rezan por el que llega; también por la que se va. Ruge, es indudable; su época se acaba. Las sonrisas cotidianas de este ritual, por la felicidad del recién llegado, dan paso con premura a una incertidumbre que rompe una anciana recorriendo el recinto saltando, aislándose de la algarabía producida junto a ella. Mueve un sahumerio con la mano derecha y fuma un puro con la izquierda, mezclando humo, tierra, emoción y aire. Finalmente queda petrificada, mirando al infinito azul.
Segundos después pasan las aves; ellas huyen primero. Lo presagian. Es el preludio del apagón breve.
No estará solo el pequeño Ali, el que se acomoda a las circunstancias, todos estarán a su lado, Aruma, mujer de la noche.» (…)

Andrés ha estado toda la mañana leyendo, aparentemente tranquilo, sentado en el amplio sillón de su estudio. Apenas durmió la noche anterior. La última llamada que le hizo Carlos, mientras cenaba, lo dejó descolocado. Así que se está mentalizando para el desenlace nefasto; para el adiós último. Por eso, aunque el monólogo interior esté martilleándole las emociones, decide acudir a una fuente fiable. Las novelas de Juan García siempre le hacen evadirse del ruido. Esta lo tiene absolutamente sumergido en su trama; la está gozando con ferocidad. Pudiera parecer una táctica infantil para despistarse; un modo de no afrontar los problemas. Pero necesita no pensar. Mitigar, durante un rato, -de este modo- el dolor.
(…) «Lo primero que surge, en estos casos, es una bandada de pájaros. Esto acontece minutos antes del paréntesis breve. Sin duda lo perciben antes que todos; para ellos estaba escrito: la interrupción del astro de la luz, el nacimiento y la muerte circundaban el aire.» (…)

Absorto con la lectura, de espaldas a la puerta del estudio, observa, por el gran ventanal un inmenso océano de pájaros silenciosos huyendo de su pueblo.

Relaciona (es imposible no hacerlo) ambos universos: el libro y la vida. A través del cristal divisa el embalse que recoge el agua del río Cañamares. Su casa, ubicada en lo alto de la colina posee una inmensa vista del espacio: en sus proximidades se encuentran la sierra de Mesa, el monte de los Carrascales y el cerro de Torrenegro. Hasta el viento, que ha golpeado con fuerza este invierno, se desenvuelve ahora con otra cadencia, mucho más sutil. Cree estar alucinando. Paulatinamente se ha ido poniendo en pie y queriendo gritar, comienza a llorar: ¡Mamá! ¡Mamaíta! Apoyado en la mesa que tiene justo delante, mentalmente, va repasando los pasajes de la novela; el primer estallido de la memoria lo lleva indefectiblemente a uno: ¡La muerte!

(…) «El nacimiento de Ali y la muerte de Aruma representan un instante hermosamente telúrico. Ella vuelve a la tierra, de donde vino, él quedará. Su esencia regresa al punto de partida, volviendo a ser nutriente de la tierra que su hijo pisará algún día, aire que insufle su ser, o el de sus nietos; agua corrompiendo el espacio y las fronteras.

Aruma fallece poco después del vuelo disparado de los pájaros. Y lo hace justo el día especial, el diferente a todos, cuando el sol pone un asterisco en su andadura y se disuelve durante unos minutos.

El sol comienza a aparecer nuevamente, tras el susto parcial. La anciana cae al suelo; su carcajada voraz parece quebrar el subsuelo del mundo» (…)

Llaman por teléfono. Andrés vuelve a sentarse e intuitivamente, intenta recomponerse, como convenciéndose a sí mismo de lo absurdo de la situación: saliendo del universo paralelo de la novela que está recreando. Utiliza la manga derecha del abrigo que ha tenido toda la mañana puesto para secarse algunas lágrimas. No lo va a coger, es su padre; tiene miedo. Mientras, observa varios vecinos corriendo por las calles empedradas del pueblo. Parecen temerosos. Van hacia sus casas con premura. El revuelo está siendo considerable. Todos lo han visto y lo saben: en Quilóstrata una silenciosa bandada de pájaros está huyendo. Nadie logra comprender lo que sucede.

Vuelve a sonar el teléfono.

- Andrés, ¿estás sentado? Tengo que darte malas noticias…
- ¿Qué pasa?
- Ha muerto Brisa…
- Si…
- ¿Lo sabías?
- Si.
- ¿Ya te llamó papá?
- No
- ¿Y quién te lo dijo?
- Nadie, lo supe al ver la desbandada de pájaros.
- ¿Qué dices? ¿De qué me hablas?
- ¿No has visto los pájaros que huían?
- No.
- Ah, pues nada. Perdona…
- Te estoy diciendo que mamá ha muerto ¿qué dices de no sé qué de unos pájaros?
- Nada, nada…
- Joder, no te entiendo, tío. Anoche te lo advertí, que podía pasar…que era lo más probable…estoy hundido, Andrés, hundido. No sé qué hacer… Cómo hacerlo. ¿Qué se hace en estos casos, eh?… Sé que es muy prematuro… nunca nos hemos visto en una así… pero vete pensando donde te gustaría que fuera el entierro. ¿Vale?
- Vale, vale. Pero, primero vendrá el eclipse.
- Andrés, ¿qué dices? Vete a la mierda, ¿me entiendes? Estoy muy nervioso, muy jodido. Estoy tratando de ayudarte a encajarlo. Así que deja de decir gilipolleces… ¿De qué coño hablas?
- Nada…

Andrés, parsimonioso, se ha levantado y ha vuelto a apoyarse en el ventanal mientras hablaba por teléfono. Está aturdido, la noticia por esperada, no deja de ser una violento golpe en el mentón. Se siente infinitamente perdido y desolado. Ha sido un día oscuro, con nubes angustiadas que se aglutinan las unas sobre las otras. El roble del jardín ha soportado estoico, inquebrantable al viento. Es un día hermoso para morirse, piensa. Llama.

- Carlos, dile a papá que el entierro será en casa.
- ¿Qué?
- Si, en mi casa, debajo del roble de abuelo. Hoy es un día hermoso para morirse; a mamá siempre le gustó y siempre disfrutó de días así. ¿Te acuerdas?
- Joder, Andrés, ¿otra de tus paridas? Que no estoy para gilipolleces… ¿estás loco o qué? ¿Has estado bebiendo?
- Escúchame. Hazme caso, será aquí…será aire, será tierra, será agua y sol. Mamá será feliz aquí…a papá seguro que le encanta la idea.

Andrés, seguro de su decisión, tras colgar el teléfono sigue leyendo embebido la obra de Juan García y -sin ser consciente-, comienza a traspasar el tiempo real del tiempo que lee. Está desconcertado, – la conversación da cuenta de ello- posiblemente a causa de la presión contenida de las últimas horas en las que apenas descansó. Puede que en esta situación influyera la soledad con que recibió la amarga noticia y fruto de tantas casualidades vitales-literarias, ha decidido – en su lógica ilógica- dejarse llevar. Así que sigue; y lo llamativo de la novela acontece en la juventud de Ali, veinte años después del eventual apagón solar. La lectura de estos capítulos le está resultando la parte más interesante. Se ve dibujado en lo que lee; Andrés podría ser él. Así que se arrastra sin dudar por entre las páginas…

(…) « Warakusi, la que provoca admiración, conoce a Ali y automáticamente se hacen pareja. Ella queda embarazada.» (…) La situación que se plantea es la siguiente: (…) « Ella, tumbada en mitad del bosque va a dar a luz. Él, azorado por el tiempo, improvisa un pequeño cobertizo para que ella esté más segura en lo que va a buscar ayuda. Alguien debe hacerlo porque el miedo y la inexperiencia los atenazan.

Por el camino, en medio del bosque, ve una casa. Va a pedir ayuda. Está realmente angustiado. Al llegar a la puerta, en el buzón, lee que vive un médico. En su mente, solo un deseo: salvarla a toda costa. La cábala funesta, el círculo terrorífico va camino de repetirse; ya no queda mucho tiempo. » (…)

Y Andrés se apropia de ese temor, de esa pasión súbita.

(…) «Toca el timbre, avisando, y entra, sin temor, sin pensar en las consecuencias.» (…)

Andrés completamente ya fuera de sí, absorto e inmiscuido en la historia, cree oír el timbre de su casa y siente esos pasos subiendo sus escaleras, interpretando, sin dudar, que se trata de Ali, que viene a pedirle ayuda. Está seguro. Él es el médico que tratará a Warakusi. Oye cada vez más cerca su respiración constante y agitada, ascendiendo por la escalera de caracol que lo conducen hasta él.
Sus ojos no contemplan otro escenario, sin embargo, -y es normal- siente miedo del encuentro. Cuando se dispone a coger su material (la maleta con sus útiles médicos) ve su figura ridícula reflejada en un espejo que ha sido fiel observador de toda la trágica escena. Tiene la cara muy blanca, lánguida, con unas ojeras monstruosas. Se mira con detenimiento y comienza a reírse de sí mismo; la cara desencajada da paso a un grito atroz. Está desesperado. Roto. Lleva muchas horas con una máscara puesta; una máscara que ya quema demasiado en su rostro. No puede seguir fingiendo y estalla. Sus ojos son volcanes expulsando lágrimas infinitas. Tendrá que empezar a vivir; deberá volver a nacer sin su madre. Acostumbrarse a no tenerla o a vivirla de otro modo. Ser consciente de lo que fueron juntos para avanzar.

Carlos entra en la habitación corriendo tras oír el grito. Viene a acompañarlo, quizás a discutir el lugar del entierro o asustado por la conversación telefónica, pero eso ahora es secundario. Lo ve tirado en el suelo, completamente loco. Se arrodilla, besándolo. Ambos se abrazan con fuerza y lloran.

Al fondo, paulatinamente, observan como un eclipse solar comienza a cernirse sobre sus espaldas. Algún día, Andrés, – si reúne las fuerzas necesarias- terminará de leer la novela que se parecía demasiado a su vida.

Posteado por: Román Pérez González | octubre 16, 2011

Presentación

Una mañana de septiembre, después de un verano de mucho estudio y poca playa. El chico es despertado a escopetazos por su madre que, contenta y orgullosa, no quiere que su hijo llegue tarde el primer día. Con el tiempo irá entendiendo –la madre- y asumiendo –el hijo- que eso de la puntualidad es una quimera y que será famoso por su impuntualidad. Desayuna, inconsciente de que poco a poco perderá esa rutina, de que muchos años después un médico le aconsejará un buen desayuno “que es la comida más importante del día”. Tranquilamente se pondrá una camisa recién comprada y elegida para la ocasión, los primeros calcetines que encuentre y las playeras que anoche dejó tiradas al borde de la cama. Siempre los vaqueros. Frío o calor, vaqueros; playa o campo, vaqueros.

El chico sale de casa, dispuesto a coger la guagua. Una vez dentro, tras la tediosa espera, recordará aquella vieja sensación pre-verano, las sardinas se dirigen hacia sus rutinas. Un día tras otro, las sardinas, casi siempre las mismas, con las mismas caras se aferrarán a sus maletas, bolsos, mochilas y dormitarán hasta llegar a su destino; algunos, como nuestro chico, despertarán del letargo en la parada siguiente a donde debían bajar. El timbre rompe el sueño. Este hecho le hace llegar tarde. Se apura.

Una escalinata, un recibidor, unas escaleras, una ventana… ¿Qué clase es? Baja las escaleras, busca el horario, pregunta… La 5, bien. Sube las escaleras; tres minutos que lleva dentro del edificio y ya las aborrece…la clase 12, la 9, la 7, la 5. Mierda… ya entraron. Toc, toc… joder…agacha la cabeza, todo el mundo mira al que entra. Lo desnudan, dos chicas cuchichean a fondo. El profesor da los buenos días como en un susurro para la solapa de su abrigo y sigue… “esperemos, como decía, que se inicien los mejores años de su vida” y bla, bla, bla… el chico mira a su alrededor observando primero las cosas que las personas: paredes blancas, sillas de plástico gris con una pala en forma de micro-mesa negra. Una tarima de madera, sobre la que el hombre habla y con cada paso que da la madera se resiente, temblorosa. La pizarra, con su inmaculado verde oscuro de principios de curso, espera la dictadura de la tiza sobre su faz.

El chico, que se ha sentado en el primer hueco que vio, percibe su error, dos chicas delante de él cuchichean y se escriben en un folio en blanco que poco a poco van rellenando. Mira a su alrededor y ve grupos muy dispares. Chicas jovencitas y gente más acorde a su edad. Dos señoras mayores, grupitos de chicos muy serios. Puede haber veinte personas cada uno con sus…en mitad de la enumeración, alguien toca la puerta. El profesor se gira, entre disgustado y con la inspiración rota y a modo de saludo dice: “Pase, pero por ser el primer día, eh; esto otro día no me lo haga que no le dejo pasar…” un chico, desgarbado, lo observa, le pide disculpas y se sienta. Y es quizá, en ese primer momento cuando nuestro héroe cotidiano se siente afín a alguien. Otro impuntual, bien, buena señal. El desgarbado se sienta cerca de él. Parece que tampoco conoce a nadie. En general el ambiente parece demasiado solemne. Da la sensación de que en cualquier momento van a empezar a sonar clarinetes y trombones que anuncien el deseado y honroso himno y todos nos tendremos que poner a cantar una canción en latín. El desgarbado parece dormido, con cara de sí pero no, de estoy y no estoy, de ¿qué coño hago yo aquí y a esta hora?, y en una de sus ensoñaciones mira al chico y elevando sus cejas quiere decirle: tú eres de los míos, ¿verdad que estás queriendo echar a correr?… “bueno, pues esto es todo lo que tenía que contarles el primer día. Gracias, nos vemos mañana. Sean puntuales” Pero le dice, extendiéndole la mano: Hola, soy Román, ¿y tú?

Posteado por: Román Pérez González | marzo 8, 2011

Un segundo definitivo

Lo recuerdo y miro hacia atrás y es como si empezase a morir de nuevo. No puedo entender qué provocó en mí aquel arrebato. Aquella furia que concluyó tras el resplandor. Como un grito en mitad de la selva. No me lo explico. Pero pago por ello en un segundo tatuado para siempre. Tengo un estigma que quiero arrancar de mi piel, pero no sé como hacerlo. Estoy encerrado, rodeado de hijos de puta. Lo más asqueroso de la sociedad, lo más mezquino, vil y enfermo me rodea. Sienten mi aliento, mi baba colgando al dormir, el olor de mi sobaco apestoso de mitad de agosto y sin sombra. Pero es lo que hay, la vida tiene estas cosas. Un mal pronto, una estupidez eterna. Vivo en la espiral que sólo conduce a ese instante. Maté a un tipo. Lo reventé a patadas en un ataque de ira acumulado que desconocía. Estoy en la cárcel, como habrán entendido. Y entiendo que me vean, sobre todo la familia del tipo, como al mayor hijo de la gran puta que hayan conocido. Es lo lógico. A la vez es imposible ponerme en su piel, saber cómo se sienten al recibir la noticia. No pretendo su perdón, sé que nunca lo tendré, cómo también sé que aprenderé a vivir con ese segundo tatuado en mi sien. Sólo pretendo…sólo quiero dar a conocer a alguien, quién sea, mi historia.
Las consecuencias de las cosas, la punta iceberg, suele llevar consigo una explicación. Un acumular de segundos, que llamamos tiempo y que conocemos como vida. La sutil barrera que saltamos cada día.
A todo esto no saben mi nombre, perdón. Soy Rafael Von Baummer- Oub. Mi padre es alemán y mi madre era austríaca. Ambos se conocieron en una ópera. Rafael Von Baummer- Oub, es decir, yo estaba predestinado a ser pianista. Estudié muchos años piano y canto y hasta estuve como suplente entre los Niños Cantores de Viena, antesala de La Orquesta Sinfónica, mi sueño, la ilusión para la que había sido adoctrinado. Lo ansiaba. Una noche la pasé entera despierto intentando dialogar con Dios, le suplicaba que el chico al que hubiera debido sustituir en el Coro enfermase. Pero nunca lo hizo. Siempre estaba perfecto, ni siquiera una asquerosa arruga en su maldito chaqué. No le deseaba mal, sólo una gripe de mierda, algo pasajero y que provocase que no pudiera actuar, no es de recibo en un acto tan solemne un estornudo de distracción.
Mozart influenció a Beethoven. ¿Lo sabían? Si, ya sé que estoy en la cárcel y que estoy divagando mucho, pero es que mi explicación no es cualquiera cosa. Porque en mi explicación va mi vida en juego. También sé que nadie leerá esto, que parecerá una parida de un reo loco.
Para no agobiarlos mucho voy a avanzar veinte años, hasta hace 4 años. Salía de comprar el pan, iba oyendo música, Radiohead, creo. ¿Está bien Radiohead, eh? Ojalá algún día los vea en directo. Fumaba un cigarro, estaba apoyado en un poste de luz. Movía las piernas al compás de la música. Voltios para mi piel. Recuerdo que estaba pensando en ir a casa de Suzanne, mi novia por entonces. Tenía ganas de verla y, porqué no decirlo, de follar como locos. Joder, cómo me gustaban aquellos polvos con Suzzie. Pero me dejó tirado. Cuando sucedió todo, miró hacia otra dirección y nunca más se supo. Supongo que le daría miedo. Es lógico. Yo, quizás, también lo habría hecho.
En fin, estaba tranquilamente apoyado en el poste de la luz cuando se me acercó un tipo muy grande y muchísimo más fuerte que yo con lo que yo interpreté que era intención de robarme. Juro que estaba relajado. Puedo jurarlo, aunque mi juramento no sirva para nada, pero a mí si me sirve, y espero que a alguien más también. Mis manos, mi cuerpo, mi cabeza, no lo pensé, se giraron y golpeé al señor de tal manera que lo maté.
Ya lo he dicho, no sé ni cómo ni porqué lo hice. El tipo, y luego lo supe, no quería robarme, sólo estaba totalmente borracho y quería desahogarse conmigo, quizás agarrarme fuerte del cuello, gritar, descargarse y desaparecer. Y mi reacción fue desmedida, extremadamente violenta y no tengo otra explicación.
El juicio ya fue y no hay solución, alguna rebaja por algún trabajito por aquí…pero no. No hay nada que hacer. Mi madre murió y mi padre ya no se acuerda que una vez tuvo un hijo que él quiso que fuera pianista y que estuvo a punto de entrar en la Sinfónica.
Sobrevivo, y al menos con eso ya tengo. Paso las horas sentado en un taburete de madera junto a los lomos de seis libros en fila y, con los ojos cerrados, juego a imaginar los acordes, mientras, justo detrás hay un prado verde y cielo azul. Sólo muero cada vez que vuelvo a abrirlos y los recuerdos, al mirar hacia atrás, me hacen respirar en esta espiral que no cesa.

Posteado por: Román Pérez González | enero 27, 2011

El proceso

Cierro los ojos ante un papel en blanco y me dejo llevar. Acabo de llegar a casa, es de noche y en la mesa me espera un café solo bien cargado que está ahumando el borde del vaso transparente y un folio en blanco. Revoloteando en torno a la luz del flexo que me ilumina hay un mosquito que zumba.

El primer resplandor se aparece flotando, como una nebulosa, en forma de chica alta rubia y de ojos azules que sin querer y de refilón vi por la mañana. Iba medio dormido, pero ahora la recuerdo, sus contornos, su cintura, su piel blanquecina y sus labios rojos como una manzana. Escuchaba música y parecía no mirar el mundo, sino avanzar por un espacio creado por y para ella misma.
Ese recuerdo desaparece y se entrecruza como una diapositiva con la imagen de un señor en la guagua que miraba por la ventana. Su rostro era muy peculiar: grandes voluptuosidades prominentes se reparten por su cara. La barba y el bigote hacen que lo disimule. Me mira y lo miro. En ese segundo, como queriendo disimular torcí el cuello y observé el edificio a medio hacer de la derecha, pero su rostro y sobre todo sus ojos se convierten en pequeños islotes en un mapamundi (erosionado) que no desaparecen de mi memoria. Otro recuerdo se entrelaza y recuerdo que hace días busqué en internet las dimensiones de la Isla de Pascua y la comparé con las de Fuerteventura y el resultado era impresionante. Hoy llega a mí su recuerdo como un estallido, un instante agudo en un océano de notas graves.
Llovió durante toda la mañana y observé, sentado en clase, por la ventana como una tórtola buscaba su hueco entre las rendijas del edificio de al lado. Observé cómo y cuándo se cobijó y la imaginé viendo llover desde sus ojos bidimensionales, mientras sacudía sus plumas y sus alas y sentía su capacidad de volar truncada por la lluvia. El profesor hablaba del surgimiento de las vocales castellanas en detrimento de las latinas, pero lo que deseaba era que dejase de llover para ver a la tórtola alzando el vuelo.
“Ponle ojos a tus sueños” leí, al rato, en un cartel de publicidad en el que se ven los ojos inmensamente negros de una chica negra con un turbante naranja. Y guardé la oración en el saco. Las acacias tiritaban de frío porque al peso endeble de sus hojas se sumó el viento que aun aullaba con fuerza. Caían gotas de las ramas y me percaté que se había formado un charco junto a sus pies.
Observé, una hora después a un chico que avanzaba delante de mí en la calle, se detuvo al borde la carretera. Con aire relajado miraba al suelo, como en un acto reflejo se agachó y comenzó a atarse los cordones de los zapatos mientras un coche, en ese instante, pasó pegado a la acera mucho más rápido de lo permitido y lo empapó de arriba abajo. El chico se levantó todavía con el flequillo cubriéndole la mitad de la cara y comenzó a insultarlo.
A lo lejos vi una abuela tirando del brazo de un niño pequeño con un chándal gris y recordé aquella noticia que decía que un nieto de doce años enseñó a leer a su abuela de setenta y cinco todas las tardes tan sólo por una merienda sustanciosa de chocolates y galletas.

Llego a casa y cierro los ojos con fuerza para guardar cada detalle del día en el saco. Los abro durante el día para cerrarlos durante la noche esperando el resplandor, las centésimas de segundo en que el proceso químico de inventar se malea, se confunde, se repele y da pie a un caudal que mezcla lo vivido con lo sentido. Lo que sucedió y lo que pudo suceder. El instante en que puedo repetir cada segundo que he vivido.
Empiezo a escribir mientras pongo algo de jazz.

Posteado por: Román Pérez González | diciembre 1, 2010

Erupción

Hoy fui consciente en pocos segundos; apenas un leve parpadeo, de la importancia de los libros de geografía. Volví quince años atrás; recordé a Emilio, el profesor, y sus explicaciones acerca de las placas tectónicas, las fallas y todas esas palabras que creí haber borrado de mi memoria minutos después de hacer el examen.

Esas palabras tuvieron vigor y recuperaron el prestigio que nunca le di en una milésima de segundo. Al retroceder en el tiempo, surgen con velocidad leves instantes de esas clases o mejor dicho, el contexto donde se daban esas clases: lo recuerdo porque eran a las doce de la mañana, justo después del recreo. Emilio pretendía nuestra atención, lo cual resultaba imposible: veníamos de jugar al fútbol. Y lo hacíamos con vehemencia.

Todo ipsofacto me vino a la mente.

“Lo mismo que pasó en Haría”, “la destrucción”, “un pueblo devastado”. El Roque Nublo, el esqueleto de lo que fue. El Teide, la añoranza de lo que fuimos, el emblema. Surge también el recuerdo del Roque de los Muchachos, miles de imágenes de fuego gaseoso. Lava desplegándose a borbotones. Como un edredón que se extiende y fulmina un sueño. Me vienen a la cabeza las imágenes acumuladas a lo largo de estos años sin que fuera consciente: laderas, barrancos, espacios, bóvedas que la lava creó a su antojo. Sitios que vi y no supe entenderlos, descifrarlos. Malpaíses que finalizan en el mar como surcos maleables; gargantas que acaban en el agua. Aparece en mi mente una imagen imborrable: la zona suroeste de la isla del Hierro, un inmenso y desolado paisaje lunar cubierto de formas abstractas con la solitaria magia del Faro de Orchilla, el faro del fin del mundo según fue llamado hace siglos.

Hoy he sentido un temblor de tierra en mis pies. Iba caminando por la calle y las farolas y las baldosas se balancearon sin caer. Electricidad, emoción y estupor fusionados. Automáticamente me ha venido a la cabeza lo que fui. Y recordé que todo eso que un día escuché era verídico. La señal de que estamos vivos. De que pisamos algo que late.

Luego, he escuchado en la radio: “Erupciona Montaña Cabreja”

Posteado por: Román Pérez González | noviembre 28, 2010

Un piano gritando en la noche

Disculpen, al oírles me sentí uno de ustedes. Recordé sueños y dolores al sentir su respiración agitada tras la puerta. Su música y la algarabía del ron me hablaban. El estremecimiento de un piano en una noche silenciosa es demoledor. Un piano gritando en la noche es un refugio magistral. Un recuerdo angosto donde pararme a vivir. Una vivencia pasada que ahora regresa.

Yo antes no era así; escribía notitas a mujeres que no lo entendían, me cuidaba la espalda menos muy poco, por eso recibí puñaladas de amigos que estuvieron conmigo borrachos y aprendí a tocar el piano. Vagué mucho, pero al final conseguí un buen trabajo, soy transportista de libros. Los quito de aquí, para venderlos allí. En cierta manera soy un repartidor. Bueno, ahora que parece que cogemos confianza, robo libros por una cantidad, para que otro tipo lo venda de segunda mano. Pero me va bien. Mira, aquí tengo uno… ¿quieres leer Parte de una historia de Aldecoa? Es un libro excelente. Pero claro, ahora te da igual. Estás en una fiesta. El alcohol nutre y gana el pulso a cualquier cosa. Solo quieres follar, ¿verdad? Te entiendo. Si estás ahí, haciendo el tonto es por ese motivo. Yo tampoco hubiera querido nada más. Pero pasa el tiempo y las cosas se equilibran. Te acabarás dando cuenta. Disfruta del momento, porque es cojonudo. Vive, siente el piano, baila agarrado a la chica o a la botella. Descojónate. Yo, al verles me emocioné y me toqué la oreja. El pendiente es el único resquicio que me recuerda lo que fui.

Espero que lo pasen bien ahí dentro. Vivo encima del bar de la esquina. Quedan invitados a mi casa. Sólo oí el piano y me dejé llevar hasta esta ventana, con este jardincito donde estoy escondido.

Posteado por: Román Pérez González | noviembre 26, 2010

Día 1. Despegamos…

Mi primer post es esta nueva andadura debe ser una mirada atrás. Saber de donde vienes; para intuir hacia adonde vas.

Nací en la red experimentando con textos y fotos en “Mi huequito” http://www.fotolog.com/engaenga/

Con el tiempo, y compaginando ambos fotologs apareció la luna que perdió los zapatos http://www.fotolog.com/la_luna_descalza/

Y el último y más intenso paso ha sido Nueve Puertas http://www.nuevepuertas.es/

Categorías

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.